Capítulo II
Aquella tarde el sol resplandecía sobre su nariz, su cabello a penas se notaba entre tanta luz. La brisa llenaba nuestros pulmones de colores acuáticos, sus labios tenían unas hermosas rupturas debido a la resequedad y sus palabras parecian ser el oasis del verano. Su caminar pausado y despistado era mi nueva forma de ver la vida, yo tenía un ritmo muy acelerado antes de caminar azulado. Por primera vez, estaba frente a un aliento dulce, una mirada sincera, un abrazo familiar y la caricia más suave. Decidimos acercarnos al mar. A pesar de que él ya estaba harto de verlo en California, decía que tenía una sensación distinta verlo en Lima. Ese feeling que se percibe cuando hay tensión sexual quizás, pensé yo. Yendo por el camino cuesta abajo, se iba oscureciendo. Eran las 6:30 o 7pm, la oscuridad se venía encima, y traía consigo olores pestilentes. Se percibían orines, vómitos, tufos de alcohol. Y su caminar despreocupado me preocupaba. Y entonces, lo inesperado ocurrió, una avecilla intrépida decidió evacuar todo el alimento que había ingerido durante el día, gracias a la bondad Barranquina, sobre mi amable e inocente acompañante. Pude ver como su blanquísimo rostro se se llenó de sangre en cuestión de segundos. Yo empecé a reírme, hasta que un señor nos ofreció un pedazo de papel higiénico. Yo lo recibí y lo limpié con amor. Luego le dije que nada pasaba y que eso significaba que tendría suerte, me dijo que ya la tenía porque ya nos habíamos conocido. Continuamos bajando y llegamos al mar cuando estaba todo oscuro. La química parecía haberse esfumado, se percibía cierta incomodidad en el ambiente. Yo solo quería regresar. Estuvimos un tiempo sentados frente al mar sin decir nada, luego hablamos un poco y le dije que tenía que irme. Cuando íbamos de subida, un borracho se nos acercó y nos pidió dinero, yo me asusté y traté de defenderlo y alejarlo, pero él se veía muy tranquilo, solo confundido. Le dijo "no tengo dinero", "soy pobre" y el borracho le dijo: "por eso es que a los gringos los dejan, porque son unos huevones y la tienen corta". Sinceramente yo me preocupé, porque podría haber sido cierto. Pero estaba tan enganchada con su mirada que podía creer que podía pasar horas, días, meses y años solo mirándonos. Continuamos con nuestro camino, luego de que me diera mucha risa lo que dijo el borracho y de que le explicara lo que significaba. El solo me dijo que era cierto, lo cual me dio más ganas de comermelo que besos. Estando arriba, en una esquina esperando mi uber, pasaron varios minutos mientras ambos nos mirábamos, uno frente al otro, nos movimos como niños y no nos acercábamos. De pronto me tomó las manos y me dijo: "no quiero llenarte de mierda la ropa" y yo lo besé. Nos besamos tan intenso no quería despegarme. Quería ser su piel. Siempre.
Comentarios
Publicar un comentario