Muerte
La muerte está presente en cada paso que damos. Porque los segundos de nuestro reloj nos recuerdan su presencia. El caer de las cosas, el final de un abrazo y nuestros cansados cuerpos al anochecer. Y porque no existiría lo bello de vivir si no se supiera del negro final. Nos preguntamos por qué temerla y queremos ser todos valientes, y cuando en su apogeo algo se desvanece, cómo cuesta no lamentar el llegar de la muerte; cómo cuesta no verla por todos lados, sentirla y olerla. Entonces miramos para otro lado. Para no temerla. Y nos aferramos a permanecer en la batalla, en la lucha constante, ¡como si al hacerlo probáramos ser los verdaderos valientes! como si la muerte fuera de los débiles y como si la valentía ante la vida pudiera apagar nuestros sentidos para no ver que cada día morimos. Cuando el abrazo se acaba, la sonrisa se frustra y el mañana siguiente se siente tan próximo que cuesta cerrar los ojos. Cuando nuestros cuerpos se envejecen, se debilitan, poco a poco se apagan y cada uno de nuestros días significa que la muerte está rozando nuestras espaldas.
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